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28 de enero de 2018

Capítulo #3. Recetas de magia blanca y dulce

“Regálame una estrella”/ El dulce de lechosa

Agloj, la maga blanca y dulce amaneció muy contenta ese día pues iba a prepararle algo a su abuelito Jencaaz para el día de su cumpleaños. La fecha era mañana, pero quería anticiparse en buscar los materiales que iba a usar en su receta. Corrió donde su abuelito y le dio un abrazo, diciendo,

                -Buenos días abue, te quiero mucho, y le dio un abrazo mágico, (como todos los abrazos de amor parental)

                -Buen día querida Olga, ¿como amaneces hoy?, preguntó

                -Estoy muy emocionada porque quiero prepararte algo muy especial para tu cumpleaños

                - Solo quiero un abrazo fuerte como el de hoy y que salgamos a pasear al rio, a ver figuras en las nubles, acostados en la ribera, propuso

                -Si claro, dijo, pero me refiero a que me gustaría regalarte algo especial el día de mañana

                -Uhmm ya entiendo. ¿Algo que quiera? “Regálame una estrella”, contestó

                -¿Una estrella?, preguntó como esperando que le aclarara el tamaño de la petición que le hacía

Se vieron por un rato en silencio y viendo que no había aclaratoria alguna, Olga sonrió, lo abrazó de nuevo y se marchó

                -¿Dónde consigo una estrella?, ¿Cuál estrella?, ¿Uso la magia?, se preguntó repetidamente como con una gran duda. Y con su duda salió a buscar respuestas con sus amigos del bosque.

Caminó largo y corrido pensando en el regalo, hasta que el Rio Tigre le detuvo su andar. Haciendo honor al nombre, se encontró con el  Tigre, un animal grande y como con manchas moteadas, pero manso y amigable, como un gato grande, en este caso. Es de Guárico, pero se vino a vivirá Monagas con nosotros, porque por allá los están cazando para usar sus pieles.

-Hola Tigre, dime, ¿dónde consigo una estrella?

-Hola querida Olga. He visto estrellas en los uniformes de gentes que persiguen a los cazadores que nos matan. ¿Te sirve esa estrella?

-No creo que sea un regalo… pensó

Y llego el Colibrí y escucho la conversación.

                -Yo de noche no vuelo pero he visto miles en el firmamento. Todas son nuestras, a veces le pongo nombres de familia que ya no están. Le puedes regalar una estrella.

                -Si, buena idea, pero ¿cómo la bajo de tan alto? Y pensó también que cuando era más pequeña había tratado alguna vez, de atrapar a la luna

De repente en el río que venía del caño del río grande se apareció un manatí. Los manatíes son animales mamíferos extraños pues no tienen brazos, parecen ballenas por lo gordas, y con cara de cochino. Olga pensaba en forma graciosa de la misma manera, pero nunca se le hubiera ocurrido decírselo. El manatí agregó finalmente,

                -A veces voy al mar y converso con mis amigas las estrellas de mar. Parecen estrellas del cielo pero con cinco patas y hablan por debajo; no se les escucha mucho porque siempre están boca abajo. Si quieres invito a una para que las conozcas, le dijo

                -No creo, gracias. No las conozco pero no creo que abuelo quiera tener una, contestó

Y así, como llegó, regresó a casa. Tampoco pensaba en estrellas de cine que a veces veían en la televisión. Antes de entrar a casa, fue a visitar a la tía Maruja, que era una maga blanca y dulce, pero que en su caso, ella no tenía ni la menor idea que era una de ellas.
                -Hola Tía Maruja, ¿qué estás haciendo?, preguntó

                -Hola Olga, acabo de tomar esta fruta del jardín y me dispongo a prepararla como dulce. Es de los preferidos de la gente, seguro lo conoces, se llama “dulce de lechosa”
Y Olga cerró los ojos y recordó su infancia, las manos de su madre, los olores, las especias y recordó sus  sabores.

                -Si tía, me encanta. ¿Me puedo quedar a ver? , solicitó

La tía Maruja había recolectado varios productos que observó en la mesa de la cocina: la lechosa verde, agua, clavos de olor, azúcar, y papelón, un trozo. Cortó la lechosa lavada en tres trozos. Pero cuando Maruja volteó uno de los trozos de la fruta cortada, lo ojos de Olga crecieron como del tamaño de una parapara (semilla negra grande), y con cara de asombro dijo para si misma:

                -Encontré la estrella de abuelito, esta es perfecta…, exclamó


Y es que la lechosa cuando la cortas tiene forma de estrella. Era la estrella perfecta para el regalo; era dulce, era de su jardín (ojalá hubieran), era una cosa que podía hacer, y era algo que se acercaba a la solución del acertijo. Y así siguió observando.   
            
Maruja le quitó la concha o piel con un cuchillo, cuidando no cortar sus dedos. La lechosa era como de un kilogramo. A cada pedazo le sacó las semillas, una a una y la cortó en trozos pequeños como dados, más o menos. Los colocó en agua hirviendo hasta ablandarlos un poco. Poco a poco les agregó una taza de azúcar, unos clavitos de olor (especia), y dos cucharadas de papelón o melaza de caña. En la preparación, se desprende un olor mágico producto de la cocción de la fruta, el papelón y el clavito.

                - Gracias tía, me voy corriendo a casa a prepararla, y se despidió

En su jardín, consiguió la lechosa verde de un kilo, la peló, pero la cortó en trozos grandes como de un centímetro de ancho, porque en su acto de magia, iba a usar el molde de estrella de hacer galletas, para que lechosa verde le quedara con esa forma. Así lo hizo. A todos los pedazos los cortó con el molde, y los retazos fueron cortados en trocitos. Esta vez le colocó poca agua pues sabía que la lechosa aporta una parte en la cocción, y cocinó hasta que el líquido quedara como un melado espeso y de color ámbar, producto del papelón y del azúcar cuando se cocina.

Al enfriarse, Olga  colocó el postre en la nevera, bien guardado para que el abuelo no lo viera. A la mañana siguiente, Olga corrió y le dio un gran abrazo, como había pedido. Luego salieron a caminar hasta el rio y compartieron con el tigre, el colibrí y el manatí, las formas graciosas que tienen las nubes en su paso, pero esta vez, la pequeña maga, estuvo con una gran sonrisa y sin hacer preguntas.

Al regresar a la casa, Olga ya como Agloj, la maga blanca y dulce, hubo de servirle el regalo a su abuelo Jencaaz. Su abuelo al ver su regalo perfecto, sintió que subía por su piel, un rubor mágico, que solo el orgullo y los deseos cumplidos, pueden producir. Sin dudas, el rubor al llegar a los ojos, se volvió  mar.
-

Alberto Lindner (aprendiz de mago blanco y dulce) 

Imágenes:
Lechosa. Wikipedia (2018)
Estrellas. Foto propia



11 de enero de 2018

Capítulo 2. Recetas de magia blanca

Mandocas dulces de anís

Hoy, Olga Josefina cumple 15 años. Ya es una señorita, y su abuelo orgulloso, el mago Jencaaz, tiene pensado darle una sorpresa a su nieta; hoy será su iniciación como maga blanca y dulce. Hoy Olga, deberá escoger su alias, su avatar como maga que se inicia; pues como saben, todo mago debe tener un alias. Ellos viven en un bosque, aunque propiamente no es tal, sino que es tan virgen, que parece sacado de un cuento de la prehistoria. El río que pasa por su casa se llama Tigre, y desemboca en uno de los caños del río Orinoco, en su camino al mar. Todo el borde está lleno de palmeras, de esas que producen aceites; el mago sabe hacer mantequillas de ahí.

            -Querida nieta, hoy cumples 15 años y comienzas tu camino sola, como maga blanca aprendiz.

-¡Qué maravilla abuelo!, no me lo esperaba… y lo abrazó

-¿Ya sabes cuál va a ser tu nombre de maga blanca?, preguntó

            -No abuelo, aún no lo sé. Estoy tan emocionada, que creo que voy a llorar. Voy a salir a caminar a ver que me inspira

            -Cuando vayamos al río ya debes saber tu nombre. ¿Quieres que te ayude?, volvió a preguntar

            -No abuelito. Es un nombre que me va a acompañar, así que voy a buscarlo yo misma, contestó

Y así la joven que ya no era niña, salió a caminar por el bosque mágico. Trataba de recordar este día especial, a su madre. No recordaba mucho de ella, pero siempre que la pensaba, recordaba  al anís.  El anís es una semilla que viene desde el oriente asiático hasta la costa del mediterráneo oriental. De allí lo deben haber traído los padres de su mamá que venían de Asia o de Europa. El anís al cocinarse suelta unos aceites muy aromáticos que sirven para aliviar los gases que se forman en las tripas de las personas. Su abuelo Jencaaz, también sabe hacer bebidas que están prohibidas a los niños.

-Hola mamá, no te recuerdo mucho hoy; debo escoger un nombre para ser maga, susurró, entre lágrimas.

En ese momento pasó por encima de su cabeza como a diez metros, una hermosa águila de cabeza blanca, que no es usual en este bosque. Ella dijo,

 -ahhh una Aglo…Y ella sabía que ese era un nombre en alguna lengua extrajera que no recordaba bien, pero en cuyo nombre logró identificarse plenamente.
-Asi es. Me llamaré Agloj, como decir, Olga al revés, y con la jota que es la voz en plural de las águilas y además es la jota de Josefina...!perfecto...!, dijo

Así, se fue corriendo a la casa a contárselo a su abuelo,

-Abue, mi avatar será: Agloj, el águila blanca

-Excelente nombre hija; dijo como quién no necesita tener más explicaciones porque sabe más de lo que aparenta

Salieron entonces, abuelo y nieta a caminar al rio Tigre. Conversaron, se bañaron, rieron, cantaron. En algún momento Olga cantó una canción en un idioma extraño, pero el abuelo no dijo nada. Al atardecer, regresaron.

Al caer la tarde, susurró otra vez:
,
suno kiu lumigas
malvarmiganta suno
luno, kiu gastigas,
donu al ni vian protekton 

(sol que alumbra
sol que enfria
luna que abriga,
danos tu protección)

El recuerdo del olor y del sabor al anís no se había ido de su cabeza. Ya quería preparar algo con las semillas que tenía su abuelo en la cocina. Con el recuerdo del anís, llegó a su memoria una frase: “Mandocas dulces de anís” y pudo recordar a su madre preparándolas en algún lugar del estado Zulia, muy lejos de donde vivían ahora.

Con ese recuerdo revisó la cocina y pudo entender que tenía casi todos los ingredientes, al menos, el anís. Colocó sobre la mesa harina de maíz, harina de trigo, semillas de anís, vainilla, sal y una pasta negra que salía del proceso de la caña de azúcar que se llamaba, melaza de caña. Tomó una hoja de papel y escribió todo lo que se le ocurría, (así hacer los magos blancos y dulces; que se dejan llevar por la inspiración y por la intuición).

Comparó lo que estaba escrito en el papel con los ingredientes que estaban sobre la mesa y validó. Faltaban cosas y así salió a ver que le ofrecía la naturaleza, no sin antes tomar el balde para el ordeño. Primero, buscó un plátano muy maduro en el sembradío, (aquel que tiene la concha negra pero es maduro por dentro), y consiguió uno perfecto. Luego recogió un huevo fresco de gallina de las jaulas,  y de allí se fue directo a la vaca. Olga sabía ordeñar; lo aprendió muy chica de su abuelo. Con dos maños en las ubres, cantó nuevamente, en una secuencia rítmica, por una parte de quién ordeña y canta , y del sonido que produce el chorro, al caer en el tobo de metal.

Regresó a la casa y volvió a verificar lo que tenía con lo que estaba escrito. Antes de hacer la preparación, Agloj, tuvo que hacer queso cortado, para sustituir el que tenía el mago en la nevera.

-Lleva un litro de leche tibia, un poco de sal y se coloca a fuego medio en la estufa. Se revuelve por diez minutos y se corta con un limón. Se revuelve por diez minutos más y se deja reposar, se dijo como para estar segura. -Al enfriarse se pasa por un cedazo muy fino y se separan los sólidos y los líquidos, así lo hizo.

Agloj también trituró el plátano maduro hasta hacer una pasta. Finalmente, mezcló primero los sólidos, las dos harinas, el anís, la sal, un poco de azúcar y revolvió. Luego colocó el huevo, el queso, más o menos una taza, la taza de leche tibia, el plátano en compota, y amasó hasta obtener una masa que no se pegaba en los dedos. Tuvo que agregar un poco de harina adicional, para que no se pegara tampoco en la vieja tabla de madera de su abuelo. La tabla estaba teñida de sueños y esperanzas; por eso, era tan bueno amasar en ella.

Las mandocas de anís son como un abrazo, un sello, una alianza; es un compromiso. Alivia, alegra, agradece.

Ella tomó una porción y recordó sus juegos de niña con plastilina haciendo tiras de masa. Una a una las amasó, las estiró y suavemente la dobló y cerró como quién abraza. Tenía al final, todas tenían forma de lazo.
Colocó en el fuego un sartén con aceite muy caliente y las frió hasta que se pusieron doradas, crujientes y aromáticas. El olor era fantástico, tanto, que Jencaaz  fue hasta la cocina a conocer del hecho.

-¿Qué cocinas, Agloj?, preguntó

-Estoy haciendo las mandocas zulianas, con una receta que recuerdo, le respondió

-Uhmm de la tierra de tu madre, afirmó como quién sabe

-¿Cuándo me vas a contar sobre ella, abue?, preguntó la joven

Jencaaz cerró los ojos como para contener las lágrimas. Respiró profundo y le dijo que no tenía nada que decir, aun sin abrir los ojos.

Las mandocas dulces de anís, quedaron doradas, crujientes por fuera y blanditas por dentro. El sabor del plátano, el maíz y el anís estaba en equilibrio mágico, como debía ser.

Las colocó en una bandeja con servilletas de papel para retirar la grasa, a la vez que las espolvoreó con azúcar molida. Ese día, Jencaaz invitó a los vecinos, que no eran magos, para compartir la magia de la primera receta sola, de su nieta. Con las cantidades que usó, la joven maga obtuvo 30 mandocas.

Ese día también, el cielo estuvo de fiesta.

Agloj recogió la cocina, la limpió y arregló; también volvió a colocar el queso cortado que iba a sustituir. Pero dejó olvidada su nota donde escribió los ingredientes de la receta. Esa noche, su abuelo Jencaaz, que fue a la cocina a tomar agua, la vió brillar en la oscuridad; la leyó en voz baja, como susurrando, pues sabía que al leerla, lo iba a encantar:

Mandocas dulces de anís
Ingredientes:
1 taza de harina de maíz
1 taza de harina de trigo, pasada antes por el cernidor
1 huevo fresco
1 cucharadita de anís. (Mejor si hacemos una infusión en la taza de leche que lleva y deja enfriar)
1 taza de leche tibia (Puede tener el anís)
6 cucharadas de aceite
3 cucharadas de azúcar
Azúcar para espolvorear encima al gusto
4 cucharadas de melaza de caña
Pizca de sal
1 cucharadita de bicarbonato
1 cucharadita de vainilla
1 taza de queso cortado de leche, de más de un día de preparado
Amor

El abuelo, se estremeció al leer el último de los ingredientes




Fuente de la imagen: hablemosdeaves.com 

25 de diciembre de 2017

Recetas de magia blanca (1a parte)

Enrique era un mago, no cualquier mago; era un mago blanco. La magia blanca se contrapone a la negra, pues la blanca lo que busca es la prosperidad en la gente, alegría, amor, desarrollo mental y producir conexiones entre el cuerpo y el espíritu. Su nombre de mago era Jencaaz. (Todos los magos tienen un segundo nombre). Era la unión entre jengibre, canela y azúcar, que eran sus ingredientes favoritos; pero no se lo decía a mucha gente.
Jencaaz, había aprendido a cocinar, de su madre, que había sido maga blanca también, con aquellos secretos que los olores y sabores podían producir en otros. Ahora se dedicaba a hacer el bien y producir emociones positivas en las personas que olían y probaban sus platos, mayormente dulces. Había aprendido también, a cocinar sin harinas y sin azúcares para aquellos que lo necesitaban, y aun así, producir los resultados que querían o necesitaban. El mago no vivía solo, criaba a una nieta, llamada Olga, de tan solo trece años. Olga era una niña inquieta que estaba pendiente de lo que si abuelo hacía en la cocina.
-¿Cómo no salir impactada de lo que hace mi abuelo, si el olor se riega por toda la casa?, decía a sí misma.
Últimamente se dedicaba a jugar en identificar olores y acercarse a las proporciones mágicas, donde el resultado produce resultados fantásticos.
Cuando le preguntaban a Olga que iba a ser de grande decía sin dudar: -“Maga blanca”. Y es que ya sabía, que para los sustos era buena la canela, para el dolor de estómago, el anís; para el dolor de muelas, el clavo de olor, para la gripe, la miel de abejas. Además, ya veía a su abuelo Jencaaz, haciendo magia blanca en preparados dulces para: lograr  acuerdos, para curar el desamor, para alegrar, para emocionar, para darse cuenta de lo que los limita y ayudar a otros que se conecten con sus posibilidades y fortalezas. Olga era feliz en esa casa y en la querencia de pasar de aprendiz a maestro.
-Me he quedado sin algunos ingredientes, voy al mercado a buscarlos. Me falta el jengibre, la miel, la nuez moscada, la canela y los clavos de olor, para hacerte unas galletas. Te dejo media taza de leche caliente que le he agregado cinco cucharadas de cacao en polvo. Al llegar te preparo las galletas, le dijo
-Gracias abue, te voy a esperar, me encantan las galletas de jengibre.
Olga y su abuelo vivían en un bosque,cruzado por un río. En él  sin dudas, vivían personajes mágicos que merodeaban la casa y eran los que le entregaban las recetas a su abuelo.(suponía).  Había aprendido el secreto del observar la naturaleza con atención plena, la importancia que tiene el escuchar y el guardar  silencio. Olga nunca los había visto, (a los duendes), pero estaba segura de que existían. Puso la taza de chocolate tibio en la mesa a esperar que se enfriara. No se iba a tomar la bebida pues pensaba en las galletas que le había ofrecido Jancaaz y como las iba a mojar en su chocolate. Era la combinación perfecta: chocolate y galletas. Se sentó, cruzó los brazos sobre la mesa y comenzó a observar el humo que salía de la taza caliente. En su imaginación logró ver, formas, animales y duendes del bosque. Así, Olga se quedó dormida.
Al abrir los ojos, la niña se dio cuenta que no estaba en su casa; estaba en la mitad de un campo multicolor. Giraba sobre sus pies y podía ver cómo iban cambiando los colores, hasta que supo que había dado una vuelta completa, cuando los colores comenzaron a repetirse.
-¿Qué querrá esta niña en nuestro reino?, escucho a lo lejos, -¿a que habrá venido ahora?, escuchó una voz a sus espaldas. Cuando muchas voces se solaparon en preguntas, Olga llegó a levantar su voz:
-¿quiénes son ustedes que hablan todas a la vez? ¿Por qué no hablan una a una?, increpó con energía. -¡Yo solo estoy esperando que mi abuelo llegue y haga las galletas!, dijo
-¡Empiezo yo…!, se escucho una voz sola.
-¿Quién eres?, preguntó Olga
-Yo soy el trigo, el color amarillo, el este, el naciente. Soy el principio y el fin. Soy el mejor ingrediente de las galletas, dijo muy segura. Poseo el gluten que le dará viscosidad y elasticidad a tu masa. Además, te daré el color a sol tostado que tanto emociona a la vista. Mi olor es inconfundible, todos lo saben cuando horneo.
-Ah, el trigo, abuelo siempre hace el pan…, dijo
-Yo soy la avena, se sobrepuso otra voz. Tengo las mismas propiedades del trigo, más sin embargo solo saludables, pues ayudo a que mis alimentos absorban menos grasa, y por la fibra que tengo, mejoro la salud intestinal. Soy verde, soy el norte, de donde observo a las demás. Aporto energía extra y ayudo en la salud, a bajar las grasas. Las galletas de avena son las mejores, explicó
-Ahh, que rico, galletas de avena… crujientes afuera y blanditas adentro, pensó
-Yo soy el maíz, la tercera harina. Soy el oeste, la noche, soy el arcoíris. Nunca encontrarás granos de tan variados colores, desde el blanco hasta el morado. Soy la raíz de América, del sol tostado, del oro y el cacao. No tengo gluten. Pero tengo almidones que harán de tus galletas las mejores. El almidón espesa, suaviza y hará que tus galletas crezcan y se esponjen.
-Mi abuelo hace tortillas de harina de maíz, también arepas y empanadas. Es una harina que se tuesta en las grasas dejando un increíble sabor. Nunca he hecho galletas de maíz. Creo que abuelo tiene un frasco con maicena que viene del maíz, le dijo a la voz del poniente
-Yo soy el arroz. La mejor de las harinas, la blanca pura, la esperanza del mundo. Sin mí, habrían guerras y hambrunas. Soy el sur; la India y la China. Estoy en todo el mundo. No tengo gluten pero soy rica en almidón.  Mis comidas tampoco absorben grasas, ayudan a la salud, y ayuda a bajar el colesterol. Las galletas de arroz son famosas. Deberías usar el arroz…
- Ya me tienen confundida. Son cuatro harinas, multicolores. El arroz debe servir también a las galletas de mi abuelo, les dijo girando sobre sus pies para que todas la puedan escuchar
Al decir esto, sintió una cálida mano en su hombro que le decía:
-Olga, te has quedado dormida. Ya he llegado del mercado y conseguí todo para hacer las galletas de jengibre, aunque veo que no pudiste esperar y te las preparaste tu misma, dijo Jencaaz
-Hola abue. No las hice yo; la verdad es que tuve un sueño de harinas, olores y colores. Sabes, las harinas tienen su lugar, su color y bondades. He conocido a cuatro de ellas, el trigo, la avena, el maíz y el arroz. ¿Qué te parece usarlas todas?, le preguntó al abuelo
-¿Usarlas todas?, no sé, le dijo. Si tu no hiciste las galletas, ¿de dónde salieron?. ¿Vinieron contigo en tu sueño?. En la magia blanca todo es posible. ¡Veamos a que saben tus galletas multicolores…!, le dijo a Olga
Y tomó una y la probó. - Uhmm, tienen trigo, avena, maíz y arroz. Excelente mezcla. Además debe tener un poco de leche, y cacao mezclado. Tiene azúcar en polvo, vainilla y esencia de almendra, aclaraba. -¿Le agregaste tu leche con cacao?, le preguntó
- No abue, te digo que estaba dormida. No recuerdo. Yo no las hice, lo dijo con mirada inocente
- Te creo Olga. La magia ocurre. Nos ocurre. Vas a ser una gran maga…A través de la cocina y de los postres, podemos hacer que las cosas sean distintas y hacer el bien, mientras cocinamos...
Estas galletas de Olga no tienen los ingredientes que su abuelo fue a  buscar, sin embargo, es una receta mágica, que se logró hacer entre sueños, viajes, y aventuras mágicas
FIN

¿Te quedaste con las ganas de las galletas de Olga?. Pues te doy la receta:

GALLETAS CUATRO HARINAS
Ingredientes:
·         1 taza de harina de trigo (Taza tipo de café con leche)
·         1 taza de avena en hojuelas, tipo instantánea
·         1 taza de fécula de maíz, tipo maicena
·         1 taza de harina de arroz
·         1 huevo
·         Media taza de leche
·         5 cucharadas de cacao en polvo
·         1 cucharadita de vainilla
·         1 cucharadita de esencia de almendras
·         1 taza de azúcar impalpable o Nevazúcar
·         1 pizca de sal
·         1 cucharadita de polvo de hornear
·         1 cucharadita de bicarbonato de sodio
·         1 taza de margarina
·         3 cucharadas de aceite
·         1 cucharada de melaza de caña
Magia en la preparación:
Se colocan en un bol mediano las cuatro harinas, los polvos mágicos, el azúcar y la sal. Se mezcla bien. En una taza se coloca el huevo, los aromas y el aceite, y se bate un poco para romper la yema. La mantequilla se coloca en horno leve para que se disuelva sin calentarse mucho.
Se hace un cuenco en los sólidos y se coloca la mantequillas y el resto de los ingredientes. Se amasa hasta homogenizar. Se deja reposar media hora.
Al término se amasa con rodillo y se hacen las galletas; Olga las hizo con figuras de la fecha, corazones y estrellas. Se hornea a 380 º por 25 minutos.
Salieron 50 galletas. Se espolvorean un poco con azúcar piulverizada
Pura magia, el resultado

30 de noviembre de 2016

Cuando el comino importa...

Si, me importa un comino…
Imán, es una mujer hermosa, producto de la mezcla de muchas creencias, razas y religiones. Imán significa “Fe” en árabe, y ella lo sabe. Por lo multicultural de su origen ella mantiene una relación estrecha con Dios. Su mamá es Peruana, del Cuzco, que se casó con un Libanés, que es además Chef. Su abuela materna es griega que se casó con un peruano, pero Imán nació en Venezuela y se siente venezolana.

De su padre, su madre y su abuela aprendió a cocinar. Del Perú, conoce las maravillas del ceviche, de la causa limeña, de la salsa huancaína y las maravillas que se puede hacer con un toque de ají panca o el ajì dulce; de Grecia aprendió a usar algunas especias, al igual que del Líbano, así como la preparación de su plato favorito: el pimentón agridulce. De Venezuela aprendió a mezclar, ya que la principal característica de Venezuela es el mestizaje.

Un día su Padre Chef, preparó en su casa una crema para untar que dijo se llamaba “Flefla”, también en otras versiones conocido como Muhammara. (La flefla es cruda, la otra no). Se trata del uso del pimentón y del comino. Tanto los griegos como los libaneses están muy orgullosos de su plato típico pero Imán sabe que el pimentón o pimiento es una hortaliza que es un aporte de América a la gastronomía universal; y así se conoce el “Chile” en México, el Panca en el Cuzco, el Pimentón en Venezuela. Caso contrario es el comino que es una especia oriunda de toda la costa mediterránea. Con la llegada de los españoles al nuevo mundo, era de esperar, que tanto condimentos como verduras y hortalizas, cruzaran los océanos.

La frase “me importa un comino” (y a veces un rábano o un pepino), se ha usado para decir que algo no le importa por no tener mucha importancia. Dicen los estudiosos, que el comino es una especia muy menuda, y que tuvo poco valor hace mucho tiempo. Los mojitos canarios de España lo usan y son famosos por el. Imán sabía que para una verdura, u hortaliza debe existir una especia. Ya lo había heredado de su padre, y usaba para los lácteos, la nuez moscada, para el cordero, la menta, para el pavo, el estragón,para algunas galletas la canela mezclada con clavos de olor con jengibre, y pare de contar.

-Hasta el café tiene su especia, pensaba siempre. No lo usaba mucho porque dicen que es afrodisíaco.

-¿Papá qué vas a preparar?
-Voy a hacer flefla.

La flefla es una salsa de pimiento rojo que lleva comino. Una maravillosa especia, que la joven Imán que no ha usado mucho. Vio a su padre limpiar dos pimientos rojos y licuarlos con un manojo de nueces, un chorrito de aceite, un ajo, una cucharadita de comino, una pizca de sal y un toque de azúcar, y por sel libanés, el jugo de medio limón grande o uno completo si es pequeño. Al terminar, ajustó la consistencia con pan rallado.

-Yo, como me encanta el mestizaje o como lo llaman los chefs, la “fusión”, voy a hacer mi fusión, dijo

-!Pero bueno Imán...!, ya vas a empezar. La cocina se trata del respeto por las raíces culturales, por los sabores, por los ingredientes. Si lo vas a cambiar, le cambias el nombre.

-Como no lo voy a cambiar, si a veces hay una cosa, y a veces hay otra, una tiene que inventar para no pararse. (Muy sabia reflexión de Imán)

Con sus raíces griegas de su abuela, decidió no usar el pimiento crudo. Fue al mercado y consiguió dos pimentones (pimiento) rojos como la sangre, limpios, pulcros y brillantes. En casa los lavo bien, los abrió, le quitó las venas agrias, las semillas y las cortó en tiritas como haría su abuela. Prendió la cocina a fuego medio, colocó el cazo, media taza de aceite de oliva y colocó los pimientos, le agregó el azúcar, la sal, el comino y dejó que botaran y se mezclaran los jugos. Al empezar a espesar bajó la llama, agregó el jugo de un limón y tapo la olla por 10 minutos.

-Vamos a ver cómo va, dijo al término del tiempo fijado. Destapó la olla y estaba espesa, producto de los colorantes rojos propios de la hortaliza roja, con un aroma ácido del limón y lo característico del comino. A ella si le importaba el comino, porque era una especia que no había usado tanto. Lo probó. No tenía el vinagre que usa su abuela, pero el limón había hecho su trabajo. Estaba estupendo.

-Ahora está listo, ya cociné un limón, dos pimientos rojos, una cucharadita de comino, una cucharadita de sal, una pizca de azúcar. Ahora a la licuadora. Claro Imán esperó que enfriara lo suficiente.

En la licuadora agregó los pimientos, un diente de ajo (o dos), el puñado de nueces y se atrevió a colocar un puñado también de almendras tostadas. Al licuar, se rompen los aceites de los frutos secos y se espesa un poco mas.  Como es venezolana, Imán decidió usar para espesar y ajustar la mezcla, casabe molido en vez de pan rallado. El casabe venezolano es oriundo de sur América; se hace de yuca amarga, cuyo líquido interior es venenoso, pero los nativos saben extraer el veneno y podemos comer casabe con toda confianza.

Al final, obtuvo lo que quería; fusionar sus raíces.

-Papi, quiero que pruebes este invento…, le dijo a su padre chef

-Uhmm, excelente. Tiene comino, pimientos, nueces, limón. ¿Cómo lo hiciste?, se parece a la Flefla, no?

-Si claro. Me importa una tonelada de comino que te guste el invento. (El comino si importa).

Alberto

PD. Cuando preparó los pimentones, Imán en su raiz cuzqueña, le agregó medio ají panca peruano, picado finito, para darle un picor.
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Fuente de la imagen:

Receta cortesía de mi amiga Hened